"A mí me horroriza ver hombres y mujeres envueltos en una Bandera, gritando por la Patria como si un partido de fútbol fuera una guerra moral"

La idolatría a la pelota: “Mi bandera nunca fue una tela”

Enrique Rottenberg ESCRITOR, DIRECTOR Y ARTISTA VISUAL

He leído la carta abierta de Esteban Bullrich a la Selección Argentina, publicada el 26 de julio. Estimado Esteban Bullrich, la leí con respeto, sobre todo porque conozco la batalla personal que libra contra la ELA y admiro la dignidad con la que la enfrenta. Pero precisamente porque la leí con atención, siento la necesidad de responderle. Se suele decir que el fútbol es mucho más que un deporte. Yo, en cambio, creo que primero deberíamos recordar qué es: once hombres corriendo detrás de una pelota mientras otros once corren detrás de la misma pelota. Nada más. Todo lo demás es una construcción cultural, política y emocional que nosotros decidimos levantar alrededor de ese espectáculo.

El filósofo israelí Yeshayahu Leibowitz sostenía que la vida no tiene un sentido objetivo; son los seres humanos quienes le otorgan sentido. Estoy de acuerdo. El problema comienza cuando decidimos otorgarle un sentido desmesurado a cosas que, objetivamente, no lo tienen.

A mí me horroriza ver hombres y mujeres envueltos en una Bandera, gritando por la Patria como si un partido de fútbol fuera una guerra moral. Siempre aparece alguien que aprovecha la ocasión para hablar de patriotismo, de héroes nacionales y, cómo no, de las Malvinas, como si todo pudiera mezclarse en una misma liturgia emocional.

El patriotismo ha sido uno de los instrumentos más eficaces para manipular pueblos. En su nombre se enviaron millones de jóvenes a morir en guerras que nunca decidieron. En su nombre se justificaron dictaduras, invasiones y persecuciones. Y también en su nombre los políticos encuentran una extraordinaria oportunidad para apropiarse del entusiasmo colectivo que genera un simple partido de fútbol. Los mismos dirigentes incapaces de resolver la pobreza, la educación o la salud aparecen sonrientes con una camiseta, abrazando jugadores y hablando de unidad nacional. El fútbol se convierte así en una anestesia perfecta: por noventa minutos desaparecen los problemas reales y nace la ilusión de pertenecer a una comunidad virtuosa.

Usted habla de héroes. Yo me pregunto, ¿qué entendemos por héroe? En Argentina se realizó un funeral de Estado en la Casa Rosada para un extraordinario futbolista que también fue un hombre destruido por la drogadicción, con múltiples episodios de violencia y abusos denunciados. Mientras tanto, científicos que dedicaron su vida a descubrir vacunas o tratamientos que salvaron millones de personas mueren en el anonimato. ¿Qué sociedad decide homenajear con todos los honores a quien dominaba una pelota y olvidar a quien prolongó la vida de millones de seres humanos?

No cuestiono el talento deportivo. Messi posee un talento extraordinario. Tampoco cuestiono el esfuerzo, la disciplina ni el trabajo colectivo de la Selección. Lo que cuestiono es la escala de valores que convierte un campeonato en una epopeya nacional mientras la ciencia, la filosofía, la educación y el pensamiento apenas ocupan un rincón de nuestras conversaciones. En mi autobiografía política cuento que he vivido bajo sistemas políticos muy diferentes: Israel, Cuba, España y Argentina. He conocido el nacionalismo en casi todas sus variantes. He visto cómo banderas distintas producen exactamente el mismo fenómeno: convencer a las personas de que pertenecen a algo superior por haber nacido accidentalmente de un lado y no del otro de una frontera. Mi bandera nunca fue una tela. Mi bandera es la heladera llena, una escuela que enseñe a pensar en lugar de adoctrinar, una justicia independiente, una economía que premie el trabajo y una sociedad que admire más a un investigador que a un goleador.

No creo que el fútbol haga mejores personas. Puede entretenernos, emocionarnos e incluso unirnos durante unas horas. Pero también puede convertirse en un gigantesco mecanismo de distracción colectiva cuando olvidamos las proporciones. Mientras millones lloran por una final perdida, muy pocos lloran por el deterioro de la educación, por hospitales que no funcionan, por científicos que emigran o por generaciones enteras incapaces de comprender un texto.

La pregunta que me hago no es si la Selección merece reconocimiento. Seguramente sí. La pregunta es otra. ¿Cómo hemos llegado a una civilización donde mover magistralmente una pelota genera más admiración, más dinero, más homenajes y más emoción colectiva que descubrir una vacuna, escribir una obra filosófica o transformar el conocimiento humano? Tal vez el problema no sea el fútbol.

Tal vez el problema seamos nosotros, y la jerarquía de valores que hemos elegido construir.

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