“Pymedemia”: cinco historias de pequeñas empresas que tuvieron que cerrar o reconvertirse empujadas por la crisis del último año

Más de 22.000 firmas tuvieron que bajar definitivamente la persiana en 2020, según datos de la AFIP. Qué se siente ser parte de las estadísticas oficiales.

“Pymedemia” es el término que acuñó Zorrito Von Quintiero al momento de explicar las razones por las que tuvo que cerrar Bruni, su restaurante. El posteo del músico y ahora exemprendedor gastronómico se viralizó rápidamente en los grupos de empresarios pyme. Muchos aseguraban sentirse identificados en lo que describía: altos impuestos, poca ayuda y restricciones que afectaron su actividad.

Pero este caso no fue el único: en 2020, 22.860 firmas tuvieron que bajar definitivamente sus persianas, según datos oficiales. TN.com.ar habló con cinco personas que pasaron a engrosar estas estadísticas para entender cómo se vivieron los cierres desde adentro.

Estas son las historias de emprendedores que arriesgaron su capital e invirtieron tiempo y ganas, pero que tampoco pudieron sobrevivir a la “pymedemia”.

Cinco meses, cero ingresos

En 2015 Marcos Rigonti cumplió un sueño compartido con su madre: abrió un hostel en Rosario con capacidad para casi 40 personas. Se llamaba Foster y surgió “del amor” y con “un gran esfuerzo” del emprendedor y su familia, según él mismo describe. “Teníamos turistas, la mayoría de ellos argentinos: muchos contingentes de clubes, de facultades e incluso de policías, porque les quedaba cerca la academia de entrentamiento, como así también algunos extranjeros que venían a Rosario a estudiar”, explica.

El verano previo a la pandemia no fue bueno. En marzo, cuando anunciaron las restricciones, su madre y él creían que no durarían más de tres meses. “Teníamos mucha esperanza de que a la vuelta podríamos estar mejor. Aprovechamos y quisimos renovar el lugar: hicimos arreglos, pintamos todo de nuevo y nos preparamos para el invierno. No podíamos hacer nada más: mi madre vivía allí adentro”, narra.

“Luego de casi cinco meses con cero ingresos y puras pérdidas, y sabiendo que ni siquiera los vuelos internacionales volverían pronto, tuvimos que cerrar porque ya teníamos deudas de casi $500.000″, dice. Tuvo que pedir dinero prestado para sobrevivir.

“Fue muy frustrante, creímos que era una ‘gripe’ y que podíamos seguir trabajando en el corto plazo, pero lamentablemente fue estar en pérdida. No pudimos reconvertirnos porque el local era enorme y no había rubros que pudieran sostenerse en el lugar así”, concluye. En este momento, abrió a metros un local “esencial” con la venta de productos de limpieza y artículos para el hogar, y vive de ese negocio.

Una ubicación que no resultó

En septiembre de 2019, exactamente seis meses antes de que comenzara una de las cuarentenas más estrictas del mundo en la Argentina, Facundo Rius y su esposa compraron un fondo de comercio de un bar y cafetería en Monte Grande, en el conurbano bonaerense. Lo eligieron por su ubicación, que hasta ese momento era estratégica: el local está a 30 metros de un colegio.

Nunca imaginaron que, un semestre después, esa ubicación no serviría de nada. “Al negocio lo veníamos transformando y veníamos levantando ventas, pero cuando se decretó el cierre de circulación fue algo mortal”, recuerda Rius.

Cuando la pareja se dio cuenta de que las cosas no volverían a la normalidad en el corto plazo, decidió rescindir el contrato de alquiler y esperar una nueva oportunidad. Las razones para cerrar fueron tres: las ventas en cero, el endeudamiento de alquileres y la desesperanza con respecto a la duración de la cuarentena. “A eso hay que sumarle que debíamos seguir pagando el fondo de comercio adquirido”, apunta.

“Fue un golpe duro porque era algo que empezábamos de cero y una nueva inversión en nuestro país. Pensamos que íbamos a poder abrir este año en otro lugar y por el momento no es posible. La economía no ayuda y los alquileres están muy altos”, explica el emprendedor. La pareja tiene, además, inversiones en el campo, donde cría cerdos y ganado vacuno.

“El desembolso que hicimos en ese momento para comprar el fondo de comercio fue grande y no pudimos ampliarnos en el campo. Fue algo muy duro y triste. Ya volveremos a tener el bar y cafetería; mientras tanto seguimos adelante con lo del campo amén de todos los palos que este gobierno le pone al sector más productivo del país”, cierra.

Achicar estructura para sobrevivir

Sandro Bonnin es un empresario reconocido en la ciudad de Colón, Entre Ríos: hace 23 años que, bajo el paraguas de la empresa Red Móvil Telecomunicaciones SA, se dedica a los negocios de sonido para DJ, telecomunicaciones y sistemas de seguridad del hogar y automotor.

Pero toda su estructura comenzó a desmoronarse en diciembre de 2019, cuando empezó a ver faltantes de mercadería y variaciones en los precios de los artículos. En los primeros meses de la pandemia la situación se complicó: aún menos insumos y movilidad imposibilitada para visitar a sus proveedores. “El rubro de audio profesional y luces para DJ, que nos generaba un equilibrio económico, desapareció: es algo que aún no se sabe qué día puede arrancar, un rubro casi olvidado, y toda la mercadería sigue en estanterías desde el día en el que arrancó todo esto”, explica.

A fines de abril de 2020 tomó una decisión dramática: bajó las persianas de su comercio y siguió trabajando desde casa para poder sobrevivir. “La decisión en aquel momento fue muy angustiante: tantos años de dar lo mejor de uno, dejando hasta mi vida personal por brindar siempre un servicio de calidad al mejor precio... Apostar al futuro hizo que me viera muy frustrado”, confiesa. Y agrega: “Soy una persona que necesita proyectar, no estoy acostumbrado a vivir el día a día”.

Hoy se dedica a la actividad con ayuda de su hijo de 19 años. Pudo reabrir el local con una cantidad reducida de productos y con una cantidad mínima de servicios. “Solo alcanza para sobrevivir”, admite. En este momento, está buscando trabajo en otro país porque asegura que lo que hace hoy solo le sirve para poder comer.

El de Rodrigo Córdoba fue un lanzamiento a medias. Su historia tiene una especie de final feliz, pero en el medio atravesó un trago muy amargo. Y, para llegar a ese punto, tuvo que decir adiós a su arraigo y mudar su operación a España. La Argentina le cerró las puertas de a poco.

Su proyecto es innovador: replica el modelo de negocios de las cápsulas de café, pero en lugar de máquinas que sirvan esa bebida, “cocinan” pastelería. Su aventura comenzó en 2016: quería hacer un producto 100% argentino, pero para eso necesitaba máquinas para poder fabricarlo. A medida que el cepo al dólar se fue ajustando, su proyecto se fue frustrando: “Nos encontramos con la imposibilidad de operar en el país porque no podíamos girar divisas al exterior para importar las máquinas”, narra el emprendedor de Tigoût.

Tigoût se iba a lanzar en la Argentina y luego en España y la idea del emprendedor era pivotear entre los dos países. Finalmente, todo se retrasó porque hubo un cambio de planes: Córdoba se mudó a España y comenzó una búsqueda de proveedores y socios que le permitió programar un lanzamiento en el país europeo en septiembre de este año. “Estamos por iniciar la producción de 3.000 máquinas en China que van a llegar acá en septiembre y de 100.000 cápsulas que se van a fabricar en la Argentina mientras desarrollamos una fábrica española para producir acá”, dice.

“La única sensación que resume el estado de ánimo cuando tuvimos que hacer todo esto es tristeza. Es un proyecto único en el mundo, que tenía la ilusión de desarrollarse en la Argentina y que desde la Argentina se mostrara al resto del mundo. Ahora no podrá hacerlo”, resume. Para Córdoba, el proceso fue un aprendizaje: asegura que los argentinos pueden competir y generar valor no solo localmente, sino en el mundo. “Afuera está la torta de la que tenemos que salir a comer un pedacito: tenemos mucho más por ganar afuera que por crecer adentro”, concluye.

Trabajar solo para pagar deudas

Cuando Silvina Teste llegó al final de los siete meses en los que tuvo que dejar su local cerrado, pensó que lo peor había pasado. Hace 12 años sostiene un comercio en un shopping en el que opera una franquicia de una marca de indumentaria. En esos meses, recibió ayuda estatal para pagar salarios, pero tuvo que seguir pagando impuestos. Cuando pudieron reabrir, aprovechó las Fiestas para cubrir las deudas “siderales” que le dejó ese período sin trabajar.

Este año se encontró con un nuevo cierre. “Nos cerraron dos meses sin una sola ayuda, con deudas imposibles de cubrir. Decidí bajar la persiana y empecé a levantar el local, hasta que un viernes a las 12 de la noche de la semana previa al Día del Padre nos avisaron que podíamos abrir”, relata. “Después de dos meses cerrados no había forma de reponer mercadería, pero igualmente hablé con los empleados y les dije que era imposible pagar sueldos con cero ingresos; algunos me entendieron y otros no”, añade.

“Ese lunes volvimos a abrir únicamente para pagar deudas e impuestos. Tuve que reabrir sin empleados: trabajo de lunes a lunes 10 horas por día exclusivamente para cubrir deudas que dejó toda este mal manejo de la pandemia”, detalla. Cuando veía las imágenes de las ferias en el Conurbano, dice, sentía bronca e impotencia, porque sentía que en los centros comerciales se trabajaba respetando los protocolos. “Esto me sacó las ganas de volver a invertir en el país”, cierra.

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