El secreto de la vida, según Roger Federer

  • Clarín
  • John Carlin BARCELONA. ESPECIAL PARA CLARÍN
  • A los grandes oradores de la historia -Cicerón, Lenin, Hitler, Churchill, John Kennedy, Martin Luther King, Donald Trump y Javier Milei- se suma una figura inesperada, el tenista retirado Roger Federer. O eso leo, tras un discurso que Federer dio el domingo pasado en la ceremonia de graduación de la Universidad de Dartmouth, en Estados Unidos. Los diarios del mundo se desvivieron por elogiar al suizo: “inspirador”, “emotivo”, “grande”, “genial”, “memorable”, “icónico”, “lección de vida”, sonaron los titulares. Para the Times de Londres el discurso fue “una obra maestra”.

    Ya que siempre ando hambriento de sabiduría e intensas emociones, fui rápido a YouTube. Ahí vi a Federer en una toga negra predicando durante 25 minutos ante un millar de jóvenes en una universidad de elite. El mensaje fue el que se esperaría de un hombre nacido en la tierra de Calvino en el país que rinde culto a la ética protestante del trabajo.

    “Siempre han dicho de mí que gano sin esfuerzo alguno”, declaró el tenista más elegante de la historia, conquistador de 20 torneos de Grand Slam. Y, sí. seguramente soy culpable de haberlo escrito yo alguna vez, quizá en un libro centrado en la famosa final de Wimbledon de 2008 entre él y Rafa Nadal. Recuerdo que cuando salieron al césped de la cancha central antes de comenzar el partido Federer tenía el aire relajado de un duque a punto de sentarse a tomar el té en su jardín; Nadal, el de un boxeador dispuesto a matar o a morir, como el Rocky de Sylvester Stallone.

    Pues resulta que a Federer no le gustaba nada aquello de que jugaba sin despeinarse.

    “La mayoría de las veces la gente me lo decía como un cumplido, pero solía frustrarme... Había trabajado duro antes del torneo, cuando nadie me veía. No llegué a donde llegué solo por talento puro...La verdad es que tuve que trabajar muy duro para que pareciera fácil.”

    Ay, ¿cuántas veces tenemos que oir lo mismo? Y no solo en el mundo del deporte. (”Nunca nadie trabajará tan duro como yo,“decía Michael Jordan.). Lo oímos en infinidad de vídeos motivacionales en la web, lo leemos en la mayoría de los libros que produce la industria de la autoayuda. Hay una relación causa y efecto entre el esfuerzo y el éxito, nos instruyen. El trabajo duro no solo es necesario, es suficiente para la conquista de felicidad.

    ¿En serio? ¿Federer nos quiere hacer creer que el ganó 20 Grand Slams y el 99,9 por ciento de los tenistas profesionales no ganaron ninguno porque él se esforzó más que los demás? ¿Les da ese discurso a los chicos de Dartmouth con la noción de que ellos también pueden ganar Wimbledon, o ganar un premio Nobel, o hacerse ricos, o triunfar en el terreno que sea con tal de demostrar la perseverancia y la disciplina necesarias? ¿Que el éxito se reduce a una relación matemática entre las horas de trabajo invertidas y la magnitud del resultado? ¿Que el sacrificio siempre tiene su recompensa?

    ¡Qué irresponsabilidad! Insistir en el trabajo duro como la clave del éxito es una crueldad. Es negar la manifiesta verdad de que triunfar se debe en primer lugar y en mucha mayor medida al talento, cualidad con la que uno nace, no que uno construye.

    Ahora, para ser justos con Federer se dirigía a un grupo especialmente privilegiado de individuos que tuvieron la fortuna de estudiar en una de las grandes universidades de Estados Unidos. Ninguno se morirá de hambre. A casi todos la vida les irá más o menos bien, aunque la probabilidad sí existe de que algunos sufran duras desilusiones al ver que los resultados de sus esfuerzos no acaben correspondiendo con sus grandes esperanzas. Lo que les llevaría a verse como aquello que tanto deprecian en aquel pais: “a loser”. Un perdedor.

    Pero el problema mayor es cuando el valor de las palabras de Federer ante esos niños bien se presentan, gracias a la excitada divulgación que hacen de ellas los medios, como verdades universales, aplicables a cualquiera. Si Federer fuese a dar ese mismo sermón ante unos jóvenes en un gueto de Detroit haría un espectacular ridículo. Los pocos que emerjan de ese gueto con vidas más o menos dignas lo habrán hecho gracias a la buena suerte, de donde parte el talento y las circunstancias para desarrolarlo. El trabajo duro en sí, mida como se mida, no es ninguna garantía de nada. El talento, se manifieste como se manifieste, no es democrático.

    Un mensaje más valioso que podría haber dado Federer, y que harían bien en digerir todos los que comparten su visión simplista del éxito, es que el talento sí es la clave, y que el talento proviene de circunstancias o de factores sobre las que uno tiene mínimo control. ¿Que hay que trabajarlo? Claro. Pero el talento viene primero. El talento no lo produce el trabajo.

    Entendido esto, uno no puede seguir creyendo en la gran falacia en la que se basa el famoso “sueño americano” de que cualquiera puede lograr cualquier cosa con tal de meterle suficientes ganas. Al contrario. Uno debe, por lógica, sentir piedad por los menos afortunados. La irrefutable verdad de que no todos tenemos talento, por más duro que trabajemos, conduce a la irrefutable conclusión de que una sociedad decente debe impulsar aquello que ciertos iluminados rechazan como una herejía, la justicia social.

    Las acciones del propio Federer indican que, pese a la banalidad de sus consejos, esto lo entiende. Como él mismo dijo en en Dartmouth, la fundación que lleva su nombre ha ayudado a millones de personas pobres en África a vivir menos mal. Esa parte de su discurso no recibió apenas cobertura mediática. Pero es la más valiosa, y la más fundada en lo que es la realidad para la enorme mayoría de sus habitantes. Mucha de esa gente que Federer ayuda trabajará más duro que él. Muchos más, los que tenemos las necesidades básicas cubiertas, también. Pero ni remotamente con resultados similares.

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